Pensando en compartir algo más que la práctica profesional surge este espacio...


ENTRE ZABUMBA Y TRIÁNGULO: El Más Allá Del Forró




Escrito por la Afiliada Emiliana Zurita (Afil. C-53559)

Casi en simultáneo al inicio de mi práctica como psicóloga se fue configurando para mí un más allá de la práctica profesional y de las paredes psi. La chispa por la música brasilera me llegó acompañada de una colega gran amiga, con la que, una noche como tantas en esta ciudad de las diagonales, nos encontró con un grupo de gente sentada en ronda, tocando un montón de instrumentos hasta el momento desconocidos, cantando en portugués, alegres, entre miradas y sonrisas. Ese día algo me cautivó, algo encendió una chispa. Era una Roda de Samba Brasilero. El azar que se convirtió en ocasión, ocasión que no dejé pasar y fue un gran encuentro.

De ahí en más las búsquedas personales. Comencé en un taller de danza de “Samba no pé” de la ciudad, que me llevó a participar como bailarina en una de las comparsas en el pueblo de Atalaya. Ahí tuve la posibilidad de entre plumas, lentejuelas y gibré, jugar a ser otra mediante la danza, a ser muchas, entre los compases de los zurdos, redoblantes y repiques.

El “rodar” en las rodas de samba, trajo otros ritmos como el Choro y su sofisticación, el samba de gafieira con su elegancia, y mi alegría cada vez que cantaba junto a otros, en un colectivo, con sus palmas, los fraseos populares. En estos entres me llegó otra ocasión, la de encontrarme con la pasión que acompaña mis días, el Forró, género de la música Popular nordestina brasilera.

Nuevamente fue de la mano de la profesión, que mediante la rotación extracurricular que hice como Residente en un hospital de la ciudad en el 2014, me posibilitó sumergirme en este género musical. Es así que cada semana luego de una jornada extensa de trabajo en el sistema de salud mental de Río de Janeiro, iba a todo baile que encontraba y “me dejaba llevar”, disponiendo mi cuerpo a la magia de bailar con otros, en la cercanía de un abrazo apretado, seguro, en los “cheiros” (aromas) que se sienten en ese gesto que con la adultez vamos perdiendo, de abrazarse y tolerar la incomodidad de la cercanía.

En Río aprendí a bailar por intuición, por disponerme a ser llevada en la danza, y desde mi regreso a la ciudad, comencé con clases de danza forró desde hace ya 5 años. Con la danza llegó la posibilidad de experimentar nuevos roles, de ser conducido, de conducir, deconstruir los lugares fijos que nos han transmitido otras generaciones, en los que son los varones quienes conducen en la danza.





En la actualidad no solamente bailo sino que formo parte de un colectivo de personas que se llama Forró en las Diagonales, que difunde todas las actividades locales en relación al género de forró, simplemente por amor al Forró, por encontrar allí sentidos, en tiempos en que todos los sentidos de diluyen. Aquí me redescubrí en la música, en mis posibilidades de “hacer música”, de ponerle el cuerpo. Fue con la voz, cantando las canciones de las mujeres compositoras nordestinas, que alzando la voz en la polvareda del “sertao” conquistaban espacios. También fue tocando triángulo, instrumento sencillo y no por eso menos complejo, que ofrece la versatilidad de que con él se puede bailar.

Más allá de las paredes del consultorio hay ese, mi mundo, uno de los posibles, que está lleno de polleras “forrozeiras” y zapatillas bajas para bailar en media punta, un mundo que suena en los compases de la zabumba (tambor típico del género) y en los agudos del triángulo. Mundo que atempera, aliviana los pesares que muchas veces nos ofrece nuestra profesión, y que la nutre con eso que está más allá, donde bailo y soy liviana, cierro los ojos y me transporto en la dinámica de mi pareja de baile, una y miles, donde me vuelvo fresca y llena de brillo.